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La victoria del espíritu sobre la encarnación

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Опубликовано: 528 дней назад (7 мая 2016)
Редактировалось: 2 раза — последний 7 мая 2016
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La victoria del espíritu sobre la encarnación.

Y, al decir esto, Jesús se dirigió al jardín de Getsemaní con sus discípulos. Al llegar al jardín dijo: esperemos un momento, quiero rezar. Y al acercarse a Pedro y a dos hermanos Zebedeos, comenzó a aburrirse y estar melancólico. Y les dijo a ellos: me es muy difícil, tengo mucha melancolía. Esperen aquí un momento y anímense espiritualmente conmigo. Y se alejó un poco, se acostó en la tierra boca abajo, comenzó a rezar y dijo: -¡“Padre mío, espíritu! Que no sea como yo quiera para no morir, si no, como quieras. Deja que me muera, pero para ti, como espíritu, todo es posible: haz que yo no tema la muerte para que no tenga tentación de la encarnación”.

Y después se levantó, se acercó a los discípulos y ve que ellos se entristecieron. Y él les dijo: — ¿Cómo es que ustedes no pueden animarse espiritualmente ni una hora como lo hago yo? Anímense para no caer en la tentación de la carne: el espíritu es fuerte y la carne es débil. Y Jesús se alejó de nuevo, comenzó a rezar y dijo: “¡Padre, si no puedo dejar de sufrir y debo morir, pues que muera yo, que sea tu voluntad! Y al decir esto, se acercó de nuevo a los discípulos y ve que ellos se han entristecido aún más y están dispuestos a llorar. Y él de nuevo se alejó de ellos y por tercera vez dijo: — “¡Padre, que sea tu voluntad!

Entonces regresó de nuevo a donde los discípulos y les dijo: “Ahora tranquilícense y manténganse calmados, pues ya está decidido que pronto caeré en manos de los mundanos”. Y después de esto Jesús dijo: -“Ahora levántense y vamos; ya viene el que me entregará”. Al decir esto apareció Judas, uno de los doce discípulos, y junto con él, un gran tumulto de gente con porras y cuchillos. Judas sabía que Jesús con los discípulos iban con frecuencia a este jardín y por eso el trajo a este lugar a varios custodios y a los sirvientes episcopales. Él les dijo: yo les llevaré a ese lugar, donde él está con los discípulos, y para que ustedes lo puedan reconocer, fíjense a quien yo voy a besar primero, ése es él. E inmediatamente se acercó a Jesús y dijo: -¡Buenos días, maestro! Y le dio un beso. Y Jesús le dijo: — ¿Has venido para esto?

Entonces los custodios rodearon a Jesús e intentaron apresarlo. Y en eso Pedro le arrebató un cuchillo a un sirviente episcopal y le cortó una oreja. Jesús dijo: no hay que resistirse al mal. Y Jesús le dijo a Pedro: devuélvele la espada al que se la arrebataste. El que coja la espada, de la espada morirá. Y después Jesús se dirigió a toda la multitud y dijo: -¿Por qué me ataca con un arma como a un forajido? Yo he estado entre ustedes todos los días en el templo y les enseñaba; ¿por qué no me capturaron? Pero en plena luz del día ustedes no podían hacerme nada, la fuerza de ustedes está sólo en la penumbra. Entonces, al ver que él estaba capturado, los discípulos se marcharon.

Entonces el jefe ordenó a los soldados que apresaran a Jesús y lo ataran. Los soldados lo ataron y primero lo llevaron a donde Anás; este era el suegro de Caifás, quien era sumo sacerdote aquel año y vivía en casa de su suegro. Este era el mismo Caifás quien había ideado como acabar con Jesús. Fue él quien inventó que acabar con Jesús era provechoso para el pueblo, porque si no se acababa con Jesús sería peor para todo el pueblo. Y trajeron a Jesús al patio de aquella casa donde vivía el sumo sacerdote. Cuando llevaron a Jesús allí, Pedro, uno de los discípulos de Jesús, le siguió para ver adónde lo llevaban. Cuando Jesús entró en el patio del sumo sacerdote, Pedro también entró para ver en qué quedaba todo. Y una joven, al ver a Pedro en el patio, le dijo: — ¿Tú también estás con Jesús de Galilea? Pedro se asustó y para que no le acusaran gritó en alta voz: ¡No sé lo que dices! Después, cuando llevaron a Jesús a la casa y Pedro entro con el pueblo al zaguán donde una mujer se acogía al calor de una hoguera, éste se acercó, la mujer le miró y le dijo al pueblo: miren, este hombre parece que también estuvo con Jesús de Nazareno. Pedro se asustó aún más y juró que nunca había estado con Jesús y no sabe quien es esa persona. Después de haber esperado un poco se acercaron a Pedro unas gentes y le dicen: al parecer, tú eres de esos amotinados, por el acento se puede conocer que eres de galilea. (Issued for zolausa.info). Entonces Pedro comenzó a jurar y renegar que él nunca había conocido y visto a Jesús. Y al decir esto cantó un gallo. Y recordó Pedro las palabras que le había dicho Jesús cuando Pedro juraba que si todos renunciaban, él no renunciaría a él: antes de que canten los gallos, tú renunciarás tres veces de mí. Y salió Pedro del patio y rompió a llorar a lágrima viva.

Y se acercaron al pastor principal los obispos, los conocedores de leyes y teorías y los jefes. Y cuando todos se reunieron, trajeron a Jesús y el sacerdote principal le preguntó en qué consistía su enseñanza y quiénes eran sus discípulos. Jesús contestó: yo siempre en presencia de todos lo he dicho todo y lo digo y no he ocultado y no oculto nada de nadie. ¿Qué es lo que me preguntas? Pregúntale a aquellos que han escuchado y han comprendido mi enseñanza. Ellos te lo dirán. Cuando Jesús dijo esto uno de los sirvientes de los obispos le dio un bofetazo a Jesús y le dijo: -¿Con quién estás hablando? ¿Acaso así responden al obispo? Jesús dijo: si yo he dicho algo malo, dime ¿Qué es lo que yo he dicho mal? Y si yo no he dicho nada mal, entonces no hay motivo para darme un bofetazo. Los pastores y los obispos intentaban acusar a Jesús, pero primero no encontraban pruebas contra él de manera tal que pudieran acusarle. Después encontraron a dos testigos. Estos testigos dijeron lo siguiente sobre Jesús: nosotros mismos escuchamos como esta persona decía: yo, decía, destruiré este templo hecho con las manos y en tres días construiré otro templo para Dios, pero no hecho con las manos. Pero esta prueba era insuficiente para acusarlo. Y por eso el obispo llamó a Jesús y dijo: -¿Por qué no respondes a las pruebas de ellos? Jesús callaba y no decía nada.

Entonces el obispo le dijo: di dilo, ¿tú eres Cristo el hijo de Dios? Jesús le contestó y dijo: sí, soy Cristo, hijo de Dios. Y ustedes verán pronto que el hijo humano es equivalente a Dios.

Entonces el obispo gritó de pronto: tú denigras a Dios, y ahora no necesitamos más pruebas, nosotros todos escuchamos que tú eres blasfemador. Y el obispo se dirigió a la reunión y dijo: ahora ustedes mismos han escuchado que él blasfema a Dios. ¿A qué pena le condenan? Y todos dijeron: le condenamos a muerte. Y entonces todo el pueblo y los guardas comenzaron a escupirle la cara, bofetearlo y arañarlo. Ellos le apretaban los ojos, le abofeteaban y preguntaban: -¿qué, profeta, adivina quién te ha golpeado?
Jesús callaba. Después de haberlo profanado, le llevaron atado a donde Poncio Pilatos. Y le llevaron a la junta. Pilatos, el regente, salió a verle y preguntó: ¿de qué se acusa a este hombre? Ellos dijeron: este hombre hace el mal; por eso te lo hemos traído. Pilatos les dijo: y si él les hace el mal a ustedes, pues ustedes mismos deben juzgarlo según las leyes de ustedes. Y ellos dijeron: nosotros lo hemos traído para que tú lo ejecutaras, pues nosotros no podemos ajusticiar a nadie. Pues bien, se consumó lo que esperaba Jesús: él dijo que había que estar preparado para ser crucificado por los romanos y no para morir por muerte propia o a manos de los judíos. Y cuando Pilatos les preguntó de que le acusan, ellos dijeron, que él era culpable de las protestas del pueblo, prohibía pagar tributos al César y él mismo se autodenomina Cristo y rey. Pilatos les escuchó y ordenó que trajeran a Cristo a la junta. Cuando Jesús entró, Pilatos le preguntó si él era el rey judío. Jesús le dijo: qué es lo que preguntas, ¿preguntas en nombre propio si soy el rey judío o no, o preguntas si es verdad lo que te dijeron sobre mí? Pilatos respondió: yo no soy judío y me da lo mismo como te denominas; yo pregunto sólo qué has hecho. ¿Te has autodenominado rey? Jesús respondió: yo enseñaba al reinado no terrenal. Si yo fuera rey terrenal mis súbditos me defenderían y no cederían ante los obispos y como ves, mi reinado no es terrenal. A lo que Pilatos dijo: ¿Pero de todos modos te consideras rey? Jesús dijo: no sólo yo, sino que tú puedes considerarme rey. Yo sólo enseño a que a todos se les abra la verdad. Y cualquiera que viva con la verdad me comprenderá. Pilatos no quería escuchar a Jesús y dijo: tú hablas de la verdad. ¿Y qué es la verdad? Y, al decir esto, dio la espalda y se dirigió a donde estaban los obispos y les dijo: creo que este hombre no ha hecho nada malo. Y los obispos seguían firmes en su opinión y decían que Jesús causaba mucho mal e inicia la rebelión del pueblo y ha levantado a toda Judea desde la misma Galilea. Entonces Pilatos en presencia de los obispos comenzó a interrogar a Jesús, pero Jesús no contestaba. Pilatos le dijo: ya ves, como te acusan. ¿Por qué no te justificas? Pero Jesús seguía callado y no dijo ni una palabra más, lo que sorprendía a Pilatos.

Pilatos recordó que Galilea estaba en poder del rey Herodes y le preguntó si él era de Galilea. Le dijeron que sí. Entonces, dijo él: si Jesús es de Galilea, entonces él está bajo el poder de Herodes; lo voy a mandar allá. Herodes estaba en ese momento en Jerusalén, y Pilatos, para liberarse de ellos, envió a Jesús a Jerusalén a donde estaba Herodes. Cuando llevaron a Jesús a donde Herodes, éste estuvo muy contento de ver a Jesús. Él había escuchado mucho sobre él y quería saber que clase de hombre era. Herodes le llamó y comenzó a preguntarle de todo lo que quería saber, pero Jesús no le contestaba nada. Los obispos y los maestros, al igual que Pilatos, acusaban fuertemente a Jesús en presencia de Herodes y le decían que era un amotinado. Pero Herodes consideró que Jesús era un hombre vacío y se reían de él, ordenó a que le vistieran de rojo y lo envió de nuevo a donde estaba Pilatos. Herodes estaba complacido de que Pilatos le haya escuchado y envió a Jesús a su juicio, por lo que ellos hicieron las paces, ya que antes estaban enemistados.

Y cuando llevaron a Jesús a donde estaba Pilatos, este último llamó de nuevo a los obispos y jefes judíos y les dijo: ustedes han traído a este hombre por haber llevado al pueblo a la rebelión y yo le he interrogado ante ustedes; no veo que el sea sedicioso. Lo mandé a él con ustedes a donde Herodes y, ya ven, no encontraron nada malo en él y no veo nada en base a lo cual se pueda ejecutar. ¿No sería acaso mejor castigarlo y permitir que se marche? Pero cuando los obispos escucharon esto gritaron de pronto: ¡no, ejecútalo, ejecútalo a lo romano! Crucifícalo. Pilatos escuchó y dijo a los obispos: bueno, sólo que ustedes tienen la costumbre de perdonar a un malhechor en la Pascua de Resurrección. Pues bien, tengo encerrado en la cárcel a Barrabás, un asesino y sedicioso. Pues bien, hay que poner en libertad a uno de los dos: ¿A quién perdonamos, a Jesús o a barrabás? Pilatos quería poner en libertad a Jesús, pero los obispos dispusieron al pueblo de tal manera que todos gritaban: ¡Barrabás, Barrabás! Pilatos dijo: -¿Y qué hacemos con Jesús? Todos gritaron: ¡a crucificarlo a la romana, a la cruz! Pilatos empezó a persuadirlos. El les dijo: -¿Por qué insisten tanto en él? Él no ha hecho nada para quitarle la vida; el no les ha hecho a ustedes nada malo. Yo lo pondré en libertad porque no encuentro en él culpa alguna. Los obispos y sus sirvientes gritaron: — ¡que se le crucifique, que se le crucifique! Y Pilatos les respondió: si es así, llévenselo y crucifíquenlo ustedes mismos. Yo no veo culpa alguna en él. Los obispos contestaron: nosotros exigimos lo que corresponde por ley.

Por ley debe ser ejecutado por haberse hecho pasar por el hijo de Dios. Cuando Pilatos escuchó estas palabras se turbó, pues él no sabía qué quería decir hijo de Dios. Y al regresar a la junta, Pilatos llamó de nuevo a Jesús y le preguntó quién era y de dónde era. Pero Jesús no le contestaba. Entonces Pilatos dijo: -¿por qué no me respondes? ¿Acaso no ves que tú estás bajo mi poder y que yo puedo crucificarte o ponerte en libertad? Jesús le contestó: en eso consiste todo el mal, es que tú tienes poder; si tú se te hubiera entregado el poder los partidarios de Herodes no te habrían enganchado y no habrían caído en la tentación junto contigo y los maestros.

Pilatos deseaba poner a Jesús en libertad, pero los judíos le dijeron: si pones en libertad a Jesús demostrarás que no eres un fiel servidor del rey, pues el que se hacer pasar por rey es enemigo del rey. Y cuando Pilatos oyó esta palabra, él comprendió que él no podía dejar de ejecutar a Jesús. Entonces Pilatos salió a donde estaban los judíos, tomó agua, se lavó las manos en presencia del pueblo y dijo: yo no soy culpable de la sangre de este hombre impecable. Entonces todo el pueblo gritó: que su sangre esté dentro de nosotros y de nuestros hijos. Así que los obispos se refrenaron.

Entonces Pilatos se sentó en su lugar de la farsa y ordenó que azotaran a Jesús. Cuando lo azotaron, los soldados, aquellos que lo hicieron, pusieron en su cabeza una corona y le pusieron en las manos un palo y pusieron en su espalda una capa roja y comenzaron a burlarse de él. Ellos juraban a sus pies para burlarse y le decían: -¡alégrate, rey de los judíos! Éstos le daban bofetadas, le daban por la cabeza y le escupían la cara. Pilatos les dijo: -¿cómo es que ustedes quieren crucificar al rey de ustedes? Y los obispos gritaban: -¡crucifícalo!, ¡ejecútalo!, ¡crucifícalo! Salió Jesús afuera con la corona puesta y con la capa roja y les dice: ¡he aquí el hombre!

Entonces Pilatos ordenó crucificarlo, le quitaron toda la ropa roja a Jesús, le pusieron la ropa suya y le ordenaron llevar la cruz hasta el Calvario para crucificarle. Y él llevó su cruz y así llegó al lugar del Calvario. Y así crucificaron a Jesús en la cruz y a otras dos personas más a los lados y a Jesús en el centro. Cuando crucificaron a Jesús, él dijo: -¡Padre!, déjalos que se vayan, ellos no saben lo que hacen. Y cuando Jesús ya colgaba en la cruz, la gente lo rodeó para ofenderlo. La gente se acercaba y le decía: tú querías destruir el templo de Jerusalén y construirlo de nuevo en tres días. A ver, suéltate tú mismo, desátate de la cruz. Los obispos y los pastores estaban ahí parados riéndose de él y le decían: salvabas a otros, pero no puedes salvarte tú mismo. Pues bien, demuestra que tú eres Cristo, desátate de la cruz y entonces te creeremos. El decía que él es hijo de Dios, y decía que Dios no le dejaría. Y ahora qué. ¿Dios le dejará?

Tanto el pueblo como los obispos, así como los soldados, se burlaban de él, e incluso uno de los bandoleros crucificados se burlaba de él. Uno de los bandoleros, al burlarse de él decía: tú no temes a Dios, pues te burlas de un inocente aún cuando estás en la cruz. Nosotros hemos sido castigado por la causa y éste hombre no ha hecho nada malo. Y dirigiéndose a Jesús, este bandolero le dijo: señor, acuérdate de mí en tu reino. Y Jesús le dijo: tú ahora estás conmigo bienaventurado.

Ya eran cerca de las nueve cuando Jesús, extenuado, dijo en voz alta: Dios mío, en qué me has dejado. Y cuando el pueblo escuchó esto, empezaron a hablar y a reírse: llama al profeta Elías. Veremos cuando viene Elías.

Después Jesús dijo: -¡quiero agua! Y un hombre tomó una esponja, la mojó en vinagre –aquí había una tina -, y en una cañita se la dio a Jesús. Jesús absorbió la esponja y dijo en voz alta: — Este es el fin. ¡Padre!, pongo en tus manos mi espíritu. Y bajando la cabeza, entregó el espíritu.
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“¿Qué es la verdad?”, Cristo y Pilatos de Nikolai Gue. El Evangelio.
Теги: jesucristo
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